En el panorama del cine familiar español, pocas propuestas se atreven a romper moldes y ofrecer algo que vaya más allá de la fórmula probada de risas fáciles y moralejas simples. Los Muértimer llega precisamente con esa ambición: la de conjugar entretenimiento accesible para niños con un discurso visual y narrativo que seduzca también a los adultos, todo envuelto en una atmósfera tan peculiar como hipnótica.
El filme, dirigido por un autor que no teme imprimir su sello personal, juega con un concepto que de entrada parece poco convencional para el público familiar: la catalepsia creativa. No se trata de un término médico, sino de una metáfora que el guion utiliza para describir a sus protagonistas, una familia excéntrica que, pese a tener una imaginación desbordante, vive en un estado de “pausa” forzada, atrapada en rutinas que les impiden desplegar todo su potencial artístico y emocional.
La historia arranca en un pequeño pueblo donde los Muértimer —padre, madre, dos hijos y una tía inventora— regentan una funeraria que, lejos de ser lúgubre, está decorada como un taller de ideas disparatadas. Entre ataúdes convertidos en bibliotecas y floreros que funcionan como antenas para captar ondas creativas, la película deja claro desde el inicio que su tono será distinto al del cine familiar convencional.
Uno de los aciertos más notables del guion es su capacidad para introducir capas de lectura. En la superficie, Los Muértimer funciona como una comedia de enredos con toques fantásticos: un objeto misterioso llega a la funeraria y despierta en cada miembro de la familia recuerdos de sueños inconclusos, empujándolos a actuar. Pero bajo esa trama ligera, el filme propone una reflexión sobre cómo la vida moderna, con su carga de obligaciones y distracciones, puede anestesiar la creatividad y la capacidad de asombro.
Visualmente, la película es un festín. La dirección de arte juega con paletas de colores que van del sepia nostálgico a estallidos vibrantes cuando los personajes experimentan momentos de inspiración. El contraste funciona como una metáfora visual de esa catalepsia creativa que poco a poco se va rompiendo. Los guiños al cine de Tim Burton, Wes Anderson y al surrealismo español son evidentes, pero no se sienten como copia, sino como un homenaje reinterpretado con identidad propia.
Las interpretaciones son otro de los pilares del filme. El elenco adulto aporta carisma y química, pero son los actores jóvenes quienes roban escenas con naturalidad, transmitiendo esa mezcla de inocencia y determinación que mantiene la historia fresca. Además, la tía inventora, interpretada por una actriz de culto, se convierte en un personaje icónico: excéntrica, sabia y siempre armada con una frase que parece chiste, pero encierra filosofía pura.
La música, compuesta por un artista emergente que fusiona sonidos acústicos con pequeños toques electrónicos, acompaña el tono híbrido de la película. No solo subraya la comicidad o el suspense, sino que también crea atmósferas melancólicas que aportan profundidad a los momentos más reflexivos.
El riesgo de Los Muértimer radica en que, aunque se vende como cine familiar, su densidad simbólica podría pasar inadvertida para los más pequeños, pero ahí está precisamente su encanto: mientras los niños disfrutan de las situaciones absurdas y visualmente atractivas, los adultos pueden leer entre líneas y encontrar mensajes que conectan con su propia experiencia.
La catalepsia creativa que propone la historia no es solo un concepto narrativo, sino un espejo que invita al espectador a preguntarse: ¿qué ideas hemos dejado dormir por demasiado tiempo? ¿Qué pasaría si encontráramos el catalizador que las despierte? En esa pregunta reside la chispa que hace de Los Muértimer algo más que una película para una tarde en familia.
